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10 dic 2011

GOLDA MEIR: una mujer excepcional e irrepetible


Hace 33 años nos dejó para siempre a los 80 años una mujer excepcional, símbolo de una época y de una lucha. Nacida en 1898 –año de importantes cambios mundiales, especialmente en España-, vio la luz por primera vez en Kiev, Ucrania, cuando aún reinaba el zar de todas las Rusias, Nicolás II, de la tristemente célebre dinastía de los Romanov. 

Mujer de ideas claras siempre militó en la izquierda aunque su radicalismo disminuyó con el transcurrir de los años y maduró serenamente en las trincheras no solo en campo de batalla sino, también, en el de su pensamiento.

De carácter fuerte, pero mesurado, se forjó al calor de la lucha. En su niñez supo de penurias y sufrimiento –sus cinco hermanos mayores murieron de pequeños a causa de la pobreza y las enfermedades-, por ello su padre Moshé, un modesto carpintero, debió emigrar a los Estados Unidos en busca de sustento, dejando atrás a sus tres hijas menores junto a una madre autoritaria que supo educarlas y sacarlas adelante en ausencia de su progenitor. Su hermana pequeña se llamaba Tsipke y Sheine, la mayor, a la que ella siempre admiró por su coraje y valentía ya que desde muy joven se afilió a los círculos socialistas clandestinos, castigados duramente por la policía secreta del Zar, viviendo su familia -en sus propias carnes-, las persecuciones que asolaron a las minorías étnicas de principios del siglo XX.

Con el padre lejos y sumidas en la miseria, las cuatro mujeres se marcharon a Pinsk —ciudad bielorrusa desde 1991— en busca de mejor suerte. El hambre era a veces tal, que las pocas migajas alcanzaban a alimentar solamente a la pequeña Tsipke. Ella diría años más tarde: «Siempre sentía demasiado frío por fuera, y demasiado vacío por dentro»

Las actividades clandestinas de su hermana mayor, Sheine, comenzaron a amenazar la integridad física de la familia por lo que la madre decidió emigrar, junto a sus tres hijas, a Milwaukee, en Wisconsin, Estados Unidos, y reunirse allí con su esposo y padre de sus hijas. Aquellos primeros años en un país extranjero fueron de una dureza excepcional pero fraguaron el carácter de quien años más tarde sería conocida con el apodo de «la mujer de hierro».
Muchos y muchas ya lo habréis adivinado. Sí, os estoy hablando de Golda Mabovitch, nacida el día 3 de mayo de 1898 y fallecida un 8 de diciembre a los 80 años de edad en la capital de un Estado que ella misma ayudó a construir y a levantar treinta años antes. Os estoy hablando de Golda Meyerson –su apellido de casada- o Golda Meir, como fue mundialmente conocida.
Primer Ministra del Estado de Israel entre los años 1969 y 1974, dedicó su vida a la política y al fortalecimiento del Estado de Israel. En la década de 1956 a 1966 ejerció como Ministra de Relaciones Exteriores y, previamente, de 1949 a 1956 como Ministra de Trabajo y Seguridad Social. 

Su máxima ambición frecuentemente declarada por ella misma fue ver a Israel aceptado por sus vecinos árabes y vivir en paz. Con firmeza y determinación, buscó la paz pero no logró alcanzar esos objetivos. «Nosotros decimos "paz" y el eco que vuelve desde el otro lado dice: “guerra”», se lamentó en alguna ocasión. «No queremos guerras, incluso cuando ganamos», repitió en más de una ocasión cuando era preguntada por el proceso de paz con sus vecinos árabes. 

Nunca se fio del todo de los árabes y de sus intenciones de paz por lo que llegó a contestar a la pregunta de un estudiante de la Universidad de Princeton, EE.UU., sobre qué haría Israel si Arafat reconociese al Estado de Israel: «Hay un dicho en yídish que dice, “si mi abuela hubiese tenido ruedas, hubiese sido una carroza”»

«Las autoridades árabes no tendrán más remedio que sobreponerse al “shock” de vernos frente a frente en la mesa de negociaciones, y no en el campo de batalla», había dicho en más de una ocasión. Sin embargo, una de las frases que más se recuerdan de la genial Golda es «La paz llegará cuando los árabes amen a sus hijos más de lo que nos odian a nosotros».

La súbita muerte del primer ministro Levi Eshkol en febrero de 1969, encontró a Golda Meir alejada del gobierno a causa de su dolencia –padecía un cáncer-, pero aún era miembro de la Knéset. De entre varios candidatos laboristas que se postularon para sucederle, Meir fue sorprendentemente elegida para el cargo como candidato de compromiso. Al poco tiempo se celebraron las elecciones generales para la sexta legislatura de la Knéset, de las que salió respaldada por una holgada representación parlamentaria (56 de 120 escaños). Aun así, prefirió proseguir con el gobierno de coalición nacional, vigente desde la Guerra de los Seis Días, para lo que sumó a su gobierno a Menájem Beguin y a su agrupación de derechas.

De su periodo de gobierno se recuerdan los tristemente famosos ataques terroristas palestinos del año 1972: el secuestro del avión de la Compañía belga Sabena el 9 de mayo, célebre porque en su liberación participaron dos jóvenes militares, futuros Primeros Ministros de Israel, Ehud Barak y Benjamín Netanyahu; la masacre del Ejército Rojo Japonés en el aeropuerto internacional, el 30 de mayo, con un saldo de 25 víctimas; y más que todos, el asesinato de 11 atletas israelíes en los Juegos Olímpicos de Múnich, el 5 de septiembre. Golda Meir fue tajante y ordenó a los Servicios de Inteligencia israelíes (Mossad) dar alcance a todos los involucrados en la «Masacre de Múnich», en un operativo que dio en llamarse «Cólera Divina», y que ha sido llevado a la gran pantalla de la mano de Steven Spielberg en la película Múnich.

Hacia mediados de 1973, Golda Meir había llegado a un elevado grado de apoyo y consenso en la opinión pública, tanto israelí como internacional; unos como otros la asociaban con la imagen de la yídishe mame (yidis, 'madre judía'), con sentido común y sobreprotectora con sus descendientes. Fueron célebres las reuniones de sus más íntimos allegados en la cocina de su residencia oficial, la famosa «cocina de Golda», en la que se decidían los destinos del país. Por otra parte, Golda siempre fue considerada un «halcón» político, renuente a la paz con los árabes, de los que siempre desconfió. En el terreno interno, fue acusada de conservadora y de desatender a los nuevos problemas suscitados en la sociedad israelí, especialmente su particular rechazo a los movimientos de protesta de jóvenes marginados orientales, las Panteras Negras, de quienes dijo en su día: «Ellos no son simpáticos».

Ese mismo año de 1973, Israel hubo de hacer frente a un nuevo ataque asestado por los países árabes, la llamada Guerra de Yom Kipur, que tomó al gobierno y al país por total sorpresa. Si bien durante los meses previos a la guerra, fluyó abundante información de inteligencia que prevenía sobre los riesgos de un ataque combinado, el Ejército quedó anquilosado en su preconcepto de que una guerra era de «baja probabilidad», ufano todavía de su gran éxito en la Guerra de los Seis Días.

La parsimonia militar, confundió y contagió al Ejecutivo presidido por Golda Meir. Ella misma mantuvo una reunión secreta en Jerusalén con el rey Hussein de Jordania, que vino especialmente a prevenir a Israel de la guerra ya inminente. Pero Golda dudó de sus verdaderas intenciones. Sólo unas horas antes del estallido, la Primera Ministra decidió desoír a sus militares —el ministro de Defensa, Moshé Dayán, y su ministro y ex Comandante en Jefe Jaim Bar-Lev— y ordenó movilizar a las reservas, en una de las decisiones más dramáticas y cardinales de toda la contienda. Aun así, Golda Meir jamás se perdonó su crucial aporte al fiasco: «Deberé vivir hasta el fin de mis días sabiendo algo tan terrible», escribió en su autobiografía.

Si bien Israel rechazó el ataque y respondió con una ofensiva victoriosa contra sus enemigos, que llevó a sus tropas a sólo 100 kilómetros de El Cairo, y que a la postre le permitió mantener todos los territorios ocupados en 1967, la guerra dejó una profunda e indeleble cicatriz en la sociedad israelí. Golda Meir, desacreditada y vapuleada, consiguió ganar las elecciones generales de 1974, y se benefició de las conclusiones de la Comisión Investigadora Agranat, que libró a todos los políticos de culpa y cargo, y endilgó todas las responsabilidades por el letargo israelí al Comandante en Jefe, David Elazar. Pero la opinión pública estuvo en desacuerdo: el informe de la Comisión no hizo sino alimentar una ola de protestas que fue incrementando en todo el país, y que llevó a Meir a presentar su dimisión poco después de su reelección, el 11 de abril de 1974, siendo sustituida por Isaac Rabin al frente del Gobierno y del partido Laborista.

Llevando consigo los resquemores de Yom Kipur, Golda Meir se retiró al kibutz Revivim, en la casa de su hija Sara, en donde pasó sus últimos años, hasta que el cáncer la doblegó. Falleció el 8 de diciembre de 1978; y fue sepultada en el panteón de los «Grandes de la Patria», en el Monte Herzl de Jerusalén.
Golda Meir no fue profeta en su tierra. El mundo judío y la comunidad internacional la recuerdan como una dirigente carismática y singular; una matrona judía visceral, capaz de sintetizar la más compleja de las situaciones en una frase sencilla y proverbial, con acento a yidis. En Israel, en cambio, muchos la recuerdan —especialmente la izquierda— como una mujer terca y obstinada, cuya incapacidad de ver la realidad y su actitud intransigente para con los árabes, devino indefectiblemente en la traumática Guerra de Yom Kipur.

 «Un líder que no duda antes de enviar a su nación a una guerra, no es apto para serlo», dijo con respecto a sus dudas por enviar a los soldados a la guerra, añadiendo «Nunca he sido partidaria de la inflexibilidad, excepto cuando la cosa atañe a Israel. Si se nos critica porque no nos doblegamos, porque no somos flexibles en la cuestión de “ser o no ser”, es porque hemos decidido que, sea como fuere, somos y seremos».

Por último, los españoles de bien siempre deberemos estar agradecios a esta excepcional mujer que no tuvo reparos en reconocer públicamente la ayuda recibida por el pueblo judío durante el triste periodo del Holocausto cuando ante el Knéset, el Parlamento israelí, dijo el  10 de febrero de 1959: «El pueblo judío y el Estado de Israel recuerdan la actitud humanitaria adoptada por España durante la era hitleriana, cuando dieron ayuda y protección a muchas víctimas del nazismo.»

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