El 4 de Noviembre de 1995, a las 21:40 hs., en la
Plaza de los Reyes de Tel Aviv, Itzjak Rabin, 1er. Ministro del Estado de
Israel, caía herido de muerte con dos disparos realizados a mansalva por Igal
Amir, un joven sionista, judío ortodoxo, ciudadano israelí, para quien el
cambio de “tierras por paz” enunciado en los “Acuerdos de Oslo”, era tan anti
sionista que ameritaba la pena de muerte para su principal suscriptor.
Curiosamente, el General de la “Guerra de los Seis Días”,
que, ante los ojos de su asesino, había devuelto al “pueblo de Dios” el dominio
sobre su territorio ancestral, era el mismo que hoy entregaba esas tierras a
los eternos enemigos del pueblo de Israel.
Así, Yitzhak Rabin, se rebelaba contra el mandato
divino, que en aquella guerra relámpago había permitido la recuperación del
suelo irredento.
Porque para
Igal Amir, de que otra manera, sino a través de un designio de Dios, se podría
haber ganado una guerra tan rápidamente, contra una coalición enemiga tan
numerosa y fuerte?
Y como podía ser que el general artífice de esa
victoria terrena, hoy hubiese travestido en un infame negador de la voluntad de
Ha Shem?
Demasiada transgresión para los grupos enfermizos ultra
ortodoxos, que acunaron a Amir y santificaron su voluntad asesina.
Aquel 4 de Noviembre, minutos antes de su asesinato,
Rabin había expresado en una parte de su discurso: "Fui un soldado
por 27 años, luché en tanto no había posibilidades de paz. Creo que ahora hay
una oportunidad para la paz, una gran oportunidad, que debe ser tomada".
Aprender de la tragedia
Una oportunidad, dos hombres. Dos diferentes
concepciones sobre la paz, sobre la justicia, sobre la vida.
Un antagonismo resuelto con sangre, la del hombre que
intenta construir la paz posible, la real, la que permita avanzar desde esa
oportunidad histórica.
A 14 años del entierro del hombre, es factible
comprobar que junto a él, también yace
aquella oportunidad, y la certeza de que no ha habido nadie capaz de
regenerarla, como si esa alternativa histórica fuera solo patrimonio de un
individuo y no del colectivo social.
Allí reside, según mi opinión, el déficit fundamental
de este pueblo, en el traslado de su propia responsabilidad colectiva hacia una
sola persona, el iluminado, el omnipotente, y mejor si es inmune a la muerte.
Cesar tuvo su Brutus, Kennedy su Harvey Oswald,
Trotsky su Ramón Mercader, y así podríamos seguir enumerando hasta la
eternidad, donde cada uno de ellos encarnó un proceso, abortado tras su muerte.
La cohesión, la
unidad de criterio en el tema vital de la paz, sobre todo cuando la otra
parte no comparte nuestra visión y necesidad de coexistencia pacífica, es
la asignatura pendiente hacia la memoria de Yitzhak Rabin.
En aquella plaza de Noviembre de 1995, hubo 100.000
personas cantando “Canción por la Paz”, “afectivamente” comprometidas
con la paz y su ocasional líder; pero había una sola persona “ideológicamente”
comprometida con la soberbia, el fanatismo, y dispuesta a conseguir su objetivo
hasta las últimas consecuencias, liquidar un proceso que encarnaba un hombre.
Ese individuo, Igal Amir, lleva 16 años cantando victoria, debemos
reconocerlo, aunque nos duela escribirlo, aunque nos duela leerlo.
N:R: Esta nota fue publicada por la Revista Ecos de Olei Beer Sheva en Noviembre del 2009 al cumplirse 14 años del magnicidio. Sigue teniendo plena actualidad. Fue solo cambiado 14 por 16 (años transcurridos de la tragedia que cambió para siempre los destinos del país). El autor de la misma, Abel Melinger integra el cuerpo directivo de Fuerza Latina y es uno de los creadores del grupo Latinos del Neguev por la Justicia Social.

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